Humor y gastronomía es una sociedad que tiene su historia local. Aquí, un repaso por los mejores opus para que descubrir.
Un trago o plato especial, un espectáculo en el que un artista se desdobla una y mil veces en varios personajes, nos invitan al tránsito interesante; que combina delirio, baile, humor y buenos sabores.
Se trata del “café concert”, un género que siempre está en cartelera y continúa siendo elegido por los mendocinos. En esta nota, además de un breve repaso histórico, la palabra de un referente indiscutido: Adrián Sorrentino.
¿Dónde, cuándo cómo?
El término “café-concert, café-chantant o caf’conc” es un galicismo (derivado del francés e incorporado al castellano) utilizado para hacer referencia a un establecimiento que es, a la vez, una sala de conciertos y un café. Por lo general el público acude a beber y, simultáneamente, presencia espectáculos musicales o teatrales.
Si bien existe cierta superposición conceptual con el cabaret, o con el teatro de music hall o vodevil, el café-concert fue, originalmente, un café al aire libre donde pequeños grupos de artistas ejecutaban música popular. La música generalmente era alegre, a veces atrevida, o subida de tono; aunque sin entrar en asuntos polémicos o políticos como en el cabaret.
El café-concert está asociado a la Belle Époque francesa. Y su tradición, como un lugar de presentación de grupos musicales, tiene sus orígenes en París y en Londres; en el siglo XVIII, pero ganó popularidad en el siglo XIX y a principios del XX, con el surgimiento de varias “escuelas” nacionales de café-concert.
En el siglo XX la sátira y el humor político, o social fueron factores preponderantes en desarrollo del café-concert; que sirvió, además, de trampolín a la fama para muchas futuras estrellas, que a menudo se presentaban en monólogos, recitales o diferentes tipos de espectáculos unipersonales.
Así, se habla de los café-concert italianos, alemanes o austríacos; donde (en ciudades como Berlín, Múnich, Leipzig y Viena) adquirieron especial importancia entre las dos guerras mundiales.
En Buenos Aires, el género floreció en la década del ‘70 con el café-concert “La Fusa”, de Sylvina Muñiz y Coco Pérez. Allí se grabarían los famosos discos de Vinicius de Moraes y Toquinho, con Maria Creuza y Maria Bethânia. También fueron fundantes los café-concert de Lino Patalano (El gallo cojo y La gallina embarazada); y otros como La botica del Ángel de Eduardo Bergara Leumann. Allí toda una generación de interpretes (Antonio Gasalla, Carlos Perciavalle, Nacha Guevara, Edda Díaz, Susana Rinaldi, Enrique Pinti, Marikena Monti, Les Luthiers, etc.) se midió con antiguas glorias del espectáculo (Niní Marshall, Cipe Lincovsky, Tita Merello, Jorge Luz, etc.), concitando uno de los más destacados fenómenos teatrales de la época.
La mirada mendocina
Nadie mejor que el joven Adrián Sorrentino para contestar muchas de las preguntas que, como espectadores, solemos hacernos sobre este género teatral y sus características en Mendoza.
A pesar el dolor fresco por la pérdida de su padre, dialogó con Estilo Guía “en honor a él, que seguro hubiera querido que siga proyectando mi amor por esta profesión, que también amó”, contó.
-¿Cómo definirías el café-concert?
- Desde mi experiencia, estudio y oficio, este género es un maridaje en donde se mixturan varias cosas: el público va a un lugar para comer o tomar algo, y a compartir un espectáculo que no necesariamente tiene una base argumental; si no que fusiona varias disciplinas de manera discontinua, como el baile, el canto, el diálogo, y sobre todo, sin cuarta pared. Eso en teatro implica que el actor interactúa con el público de manera directa, con la total conciencia de la presencia del espectador. Entonces es fantástico porque el público es el que interactúa, intercambia brindis, charlas, y hasta cierra el espectáculo.
- En Mendoza, el café-concert se liga mucho al estilo del espectáculo del viejo cabaret...
- Totalmente. Está más vinculado a él, a esas noches mendocinas de night club y cabaret, donde se presentaban artistas y espectáculos nacionales e internacionales.
-¿En qué época se dio el boom de este género en Mendoza?
- Entre los ‘60 y ‘70 había en la provincia mucha noche con varios espectáculos de este tipo. Los shows más fuertes comenzaban a las 4 de la madrugada. Sin lugar a dudas “La Casona” tenía ese espíritu; y el que agarró el guante del café-concert como esencia fue uno de sus referentes indiscutibles: Héctor Fernández Leal.
-¿Cómo vive el público la riqueza que ofrece este género?
- Es un recurso de teatro popular que calienta motores para que el público luego pueda disfrutar del teatro en las grandes salas.
- ¿De qué manera armás tus espectáculos de café-concert?
- Es un proceso que tiene que ver con oírse a uno mismo, sin dejar de escuchar lo que está latente en la sociedad.
- ¿Hubo cambios, a través del tiempo, en el formato?
- En realidad en mi caso estoy menos puteador. El espacio del café-concert, si bien no escatima en palabrotas necesarias, también incluye poesía. La gente tiene necesidad de escuchar más historias, y un mix enriquecedor desde lo que puede ofrecer el artista.
- ¿Es complicado el público mendocino que consume este género?
- Eso es más mito que otra cosa. El público es muy receptivo. Siempre hay espacios en donde converge el delirio, y eso les encanta. El mendocino se engancha y le gusta.
- ¿Quiénes son tus referentes nacionales en el género?
- ¡Uf! (muchos). Niní Marshal y Perciavalle están entre ellos; los admiro mucho...
-¿Qué es lo que más amás del café-concert?
- Que es muy generoso y tenés la posibilidad de pasear al público por diferentes estadíos emocionales; no sólo uno. Además, luego se acercan con sus historias y experiencias, y te piden que los incluyas en tu shows, algo que hacés, y te permite interactuar cada vez más. Es apasionante. Analía de la Llana- adelallana@losandes.com.ar